La disciplina de construir lo que quiero
Y cómo aprendí que la perseverancia es mi mejor aliada
La Travesía de hoy llega gracias a Naddia Schiaffino, querida integrante de Laboratoria1. Mi primer concepto de disciplina
Cuando pienso en la palabra “disciplina”, se me vienen los recuerdos de adolescencia en el colegio, cuando me mandaban al departamento que llevaba el mismo nombre por haber hecho alguna travesura o haber incumplido alguna “regla”. De niña, siempre tuve mucha energía (y la sigo teniendo), por eso, me etiquetaban de “inquieta” o “malcriada”. Estaba siempre riéndome, jugando o preguntado —por no decir cuestionando— mucho en clase. Esto hacía que varias veces a la semana la pasara tiempo en el departamento de “Disciplina”, y ahí, mi mente aprendió a interpretar esa palabra como castigo: más para corregirme que para motivarme.
2. Mi descubrimiento de lo que realmente es la disciplina
Los años 2024 y 2025 han sido de los más incómodos de mi vida. Me sentí perdida y frustrada porque no sabía qué quería hacer con mi carrera profesional ni con mi vida; no reconocía mis dones y talentos y no entendía qué tenía que hacer para descubrirlos. Solo sabía que quería encontrar un propósito que me motive y construir un nuevo capítulo de mi carrera. Decidí que después de años de trabajos corporativos, esta era mi oportunidad de intentar algo que siempre había querido: poner mi propia empresa de consultoría de negocios para PYMES, enfocada en mejorar su competitividad.
Uno de mis mayores desafíos, que me ha llevado a descubrir realmente quién soy, ha sido encontrar “mi propósito”. En el proceso aprendí que lo que me estaba faltando no eran “más ganas”, sino más disciplina. Como diría James Clear, autor de Hábitos Atómicos, la disciplina no es un castigo, no es fuerza de voluntad infinita o motivación; la disciplina es diseñar un sistema y un entorno que te haga más fácil cumplir lo que te propones. Por eso, hoy les comparto cómo pasé de creer que la disciplina era castigo a descubrir que, en realidad, era una brújula. Una que no me frena ni me corrige, sino que me ayuda a volver al norte cuando me pierdo y a construir, paso a paso, lo que deseo.
Mi norte
A inicios de este año seguía desorientada. Sí, había progreso: hábitos, libros, aprendizajes, pero, en paralelo, vivía con esa incomodidad intensa que me apretaba el pecho, como un recordatorio constante de que aún no encontraba mi norte. Era miedo. Ese que te acorrala y te convence de que lo conocido es sinónimo de paz. Pero algo en mí sabía más; por eso, confié en mi instinto y en mi capacidad de construir y seguí firme hacia mi norte: hacer realidad mi carrera profesional independiente.
Mi tripulación
La vida me ha enseñado que acompañada llego más lejos. Rodearme de gente que cuestiona el estatus quo, que busca crecer y lograr nuevos objetivos y que sigue su propio norte con confianza es gasolina pura. Compartir mis días con estas personas es muy inspirador y energizante para mí, ya que han sido clave en ayudarme a ver puntos ciegos, a tomar perspectiva y mejores decisiones que me han llevado a alcanzar resultados increíbles. Me han impulsado a elegir mi norte una y otra vez, permitiéndome combatir el instinto de retroceder a “lo conocido”.
Confiar en el destino aunque no se vea
Confiar en el proceso es, sinceramente, de lo más difícil que he aprendido este año. Cuando decidí emprender, estaba convencida de que en unos meses ya tendría un imperio construido. Me estrellé contra la pared, pero entendí algo en lo que no había caído en cuenta en el pasado: mi ímpetu competitivo y de inmediatez no me dejaba entender que todo lo que vale la pena toma su tiempo y requiere constancia, no prisa.
Por eso, parte de mi nueva disciplina es haber aprendido a celebrar los avances alcanzados, por más que aún no vea el objetivo planificado. Cerrar nuevos clientes, que me lleguen referidos, que la gente comente sobre lo que comparto en redes son indicadores de que estoy por el camino correcto. Aprendí a detectar esas señales y a confiar en ellas para no retroceder.
El viento en contra: cuando te equivocas
Además de competitiva, mi naturaleza perfeccionista tuvo que aprender a ver que cada error era un aprendizaje y no un fracaso, por eso, ahora me considero una perfeccionista reformada. Con cada enseñanza que me traía el proceso de reconstrucción de mi carrera (y mi persona), decidí que iba a tomar mejores decisiones. Y me di cuenta que aplicando esos aprendizajes me acerco cada vez más a lo que me propongo. Así que sigo enseñándole a mi cerebro que cada tropiezo, puerta cerrada o incomodidad son “victorias” que me redirigen al destino planeado.
Cambiar el camino, no el destino
Mi mente rígida había aprendido que solo es éxito cuando logro lo que me propongo en el tiempo que lo planeo. Pero esa creencia ya no funciona para mí porque solo me genera ansiedad, frustración y querer tirar la toalla. Por eso, me propuse aprender a disfrutar del proceso, ya no solo respetarlo. Como me dijo Ana María, una mentora en Laboratoria: tu señal de recalibración de la ruta va a ser tu disfrute. Si tengo poco disfrute es altamente probable que quiera dejar mi norte. Nos obstante, si me permito disfrutar a mi ritmo es mucho más probable que continue el camino, así sea un poco más lento o turbulento.
Esa es mi gran lección de disciplina: continuar haciendo lo que tengo que hacer a pesar de no sentirme cómoda cuando me toca el tramo “feo”.
Elegir el rumbo antes de dar el primer paso
Ponerle intención a lo que hago es de las acciones diarias que más fuerza y energía me da hoy. Para hacer más cercano lo que deseo lograr en el largo plazo —la construcción de mi nueva carrera profesional, ser alguien fiel a mí misma, tener hábitos saludables—, en cada cosa que hago me pregunto: ¿esto me acerca a lograr lo que deseo o me aleja? ¿Cómo esta acción me ayuda a lograr mi objetivo? ¿Qué necesito dejar de hacer para empezar a enfocarme en lo que estoy construyendo?
Esta calibración me ayuda a no caminar en automático, me deja claro qué estoy buscando ahora y, cuando me pierdo, me ayuda a reenfocarme.
3. Lo que construí con mi propia disciplina
Volver al norte una y otra vez, eso es la disciplina para mí. Aprender a hacerlo cambió todo el resultado. Me tomó más de un año y, con determinación en mis acciones, logré descubrir mi propósito y aceptar mis dones y talentos. Ahora que estoy muy segura de ellos, no tengo miedo de mostrarlos al mundo y sentirme orgullosa, porque sé que aporto valor y genero progreso en mi entorno. Por eso, a finales de 2025, puedo decir que ¡logré lo que me propuse!
Ahora que estamos cerrando este año y asomándonos al siguiente, miren hacia enero de 2025 y, con curiosidad y amabilidad, háganse estas preguntas: ¿cuánto he crecido?, ¿qué he logrado?, ¿qué de lo que me propuse sí cumplí?. Se van a sorprender porque casi siempre hay más evidencia de avance de la que creemos.
Y si hoy sienten que aún no ven esos resultados, no pasa nada, solo es una foto del momento. Tienen dos opciones igual de válidas: empezar hoy, o empezar el primero de enero de 2026, pero empezar. Hay una cosa sí les puedo asegurar: si sostienen el rumbo con disciplina, en diciembre de 2026 van a mirar atrás y el cambio va a ser clarísimo.
Les mando un abrazo enorme,
Naddia



Qué linda reflexión. Me llevo mucho la referencia que hiciste sobre el libro de hábitos; justo estoy empezándolo. Entender, de cierta manera, que sentirse incómodo es algo bueno es lo que más me ha costado. Saludos y gracias por compartir. ❤️